Una vez un estudiante me preguntó: “Si América Latina ha tenido tantos recursos, ¿por qué es tan pobre y sus habitantes no han sido exitosos”? La respuesta es múltiple.
Primero habría que problematizar algo que parece obvio: ¿de qué hablamos cuando hablamos de pobreza? ¿De qué hablamos cuando hablamos de éxito? Estoy seguro que el concepto asumido en ambos es el mismo que entiende el Pato Donald y su tío: como observó Ariel Dorfman, para los personajes de Disney sólo hay dos posibles formas de éxito: el dinero y la fama.
Los personajes de Disney no trabajan ni aman, solo conquistan —si son machos— o seducen —si son hembras. Razón por la cual nunca encontramos allí obreros ni padres ni madres ni más amor que seducción. Lo que nos recuerda que nuestra cultura del consumo estimula el deseo y castiga el placer. Y lo que me recuerda son las palabras de un viejo budista en Nepal, hace ya muchos años: “ustedes los occidentales nunca podrán ser felices; porque la cultura del deseo sólo conduce a la insatisfacción”.
En esta era, cuando se habla de la necesidad imperiosa de cambios, se tiene que pensar en un giro ante todo mental y de forma de enfrentar la vida, por lo tanto, cada ser humano tiene que ser responsable de la política, es decir, tiene que intervenir como ciudadano en el devenir histórico de su sociedad, lo cual no tiene que ser criticado ni menospreciado.
Al margen de los credos, todas las personas tenemos una ideología y eso se refleja en nuestra forma de vida y en nuestras ideas, por lo tanto, cada individuo tiene derecho a opinar.
Esta actitud recuerda a la crítica del teólogo peruano Gustavo Gutiérrez a su propia iglesia: “la no intervención en materia política vale para ciertos actos que comprometen la autoridad eclesiástica, pero no para otros. Es decir que ese principio no es aplicado cuando se trata de mantener el statuquo, pero es esgrimido cuando, por ejemplo, un movimiento de apostolado laico o un grupo sacerdotal toma una actitud considerada subversiva frente al orden establecido”.
Pero, hay que distinguir la voz de una gran parte de los políticos profesionales que, atrapados en su mismo “espíritu de partido”, deformados por la práctica de la defensa de posiciones comprometidas, de intereses estratégicos, de pasiones personales y electorales, están paradójicamente negados al ejercicio del ideal de cualquier “estadista”, o “educador”, por lo tanto, ellos están descalificados cuando tratan de dirigir los destinos de la sociedad. Es la propia colectividad quien tiene que decidir su propio futuro, sin que otros (los políticos de oficio) le “ayuden” a pensar e interpretar.
Pensemos en los momentos actuales: ¿qué queremos para nosotros?, talvez queremos imitar al Pato Donald, o ¿pensamos
que puede haber un mundo donde se pueda distribuir de mejor manera la riqueza y cada individuo tenga posibilidades para optar por una u otra forma de vida?
(14/08/08) Jorge Ballesteros
TOMADO DE DIARIO PORTADA - AZOGUES